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Crónica y fotos de SÔBER en Madrid. Sinfonía del Paradysso

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SÔBER

Sábado 24 de Febrero de 2018 – Palacio Municipal de Congresos – Madrid

Sinfonía del Paradysso

No es habitual que un grupo español de rock toque con una orquesta sinfónica. Sólo por eso merecía la pena acudir a la cita de SÔBER, que nos congregó en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid para presentarnos lo que han llamado ‘Sinfonía del Paradysso’, un híbrido entre su música y la asturiana Orquesta de Cámara de Siero (OCAS).

La semilla de todo esto parte de regrabar con la citada orquesta Paradysso, uno de los discos que más alegrías le ha dado a SÔBER. De él se extraen favoritos de los fans como “Diez Años”, “Arrepentido” o “Eternidad” y, aunque publicado hace más de quince años, sigue siendo uno de los trabajos más importantes en la carrera de los madrileños.

Si sumamos una orquesta de 50 músicos y un disco como Paradysso, que tocaron íntegro, queda claro que era una cita especial, y los seguidores respondieron con un lleno absoluto en el Palacio Municipal, que tiene aforo para algo más de 1.800 personas.

El montaje que prepararon era bastante sencillo, pero muy efectivo en realización. Tres grandes telones dominaban la parte posterior del escenario, y sobre ellos se fueron proyectando durante todo el concierto imágenes acordes a cada canción que iba sonando. Aquí se nota que la banda se lo curró mucho porque preparar este material al compás de la música para que tenga sentido con la letra y para casi 20 canciones tiene mérito.

En disposición de V inversa nos encontramos con la batería de Manuel Reyes en el centro, al fondo, encarando al público. A los laterales se situaba la orquesta y un poco más adelante de la batería se situaba el puesto del director, Manuel Paz. Al frente, de izquierda a derecha mirando desde el público, Antonio Bernardini, Carlos Escobedo y Jorge Escobedo.

El espacio en el escenario quedó bastante diáfano, pero el resultado fue visualmente muy efectivo y suponemos que también bastante cómodo para los músicos, que no estaban muy apretados (algo importante si tenemos en cuenta que eran más de 50 sobre las tablas). Como detalle, el suelo del escenario estaba cubierto de pétalos de rosa.

Una vez que ya todos estábamos dentro y sentados (algo poco habitual en un concierto de rock o metal), los técnicos decidieron probar el sonido general con “Back In Black” de AC/DC, como dejando claro que, aunque estuviéramos en un auditorio, aquello no dejaba de ser un concierto de rock.

Pasaron algo más de diez minutos de la hora prevista y empezaron a salir desde el patio de butacas los músicos de la orquesta, ataviados con hábitos de monje y con la capucha puesta, lo que les otorgaba un toque oscuro y misterioso. Mientras tanto, empezó a sonar una introducción narrada por Carlos Pina de PANZER, que era, básicamente, un texto preparado para encajar los títulos de las canciones de Paradysso. Para que os hagáis una idea, había pasajes que decían: “Somos libres y formamos parte de un mismo sueño, como locos de corazón visionario. Lejos del hogar, caminando por un desierto nos guía la estrella polar”.

En las imágenes proyectadas veíamos una catedral y el efecto era como si estuviéramos dentro de ella, muy bien logrado.

Empezó a sonar la orquesta y, ahora sí, los miembros de SÔBER salieron uno por uno, siendo Carlos Escobedo el último, como buen maestro de ceremonias.

Cuando una banda decide tocar un álbum íntegro suele hacerlo con varios pases: primero el disco en cuestión y luego una parte final para temas seleccionados, normalmente clásicos del repertorio. SÔBER no quiso seguir este patrón y fue intercalando canciones de toda su trayectoria con las de Paradysso, algo que, en mi opinión, restó algo de ritmo y bajó la intensidad de la actuación en más de una ocasión.

¿Por qué lo digo? Porque aunque SÔBER confíe en su repertorio, no es lo mismo para el público recibir “Hemoglobina”, que llevaban mucho tiempo sin tocar, que “El viaje”, un corte muy intenso y lento de Vulcano.

Alberto Seara “Flor”, de los estudios Cube y conocido productor de nuestro rock, se encargó del sonido esta noche. Una tarea muy complicada por varios motivos. El primero: había más de cincuenta músicos que ecualizar, mezclar, etc. El segundo: estábamos en un auditorio que no está hecho para conciertos de rock.

Y, claro, milagros no se pueden hacer. El sonido fue quizá lo peor de la velada, al menos desde mi posición en el anfiteatro. Sonaba todo muy apegotonado por momentos, el bombo se comía a muchos instrumentos y era complicado entender las letras que cantaba Carlos. Es cierto que fue mejorando durante la noche, pero la primera en caer, “Una vida por exprimir”, que sirvió de banda sonora para un libro de Jaime Barroso, fue ciertamente caótica.

“Animal” sonó muy cañera, con un Carlos que no paraba de animar y unos arreglos de cuerda que sumaban rotundidad y más epicidad al tema. Eso sí, la gente estaba todavía un poco fría, supongo que por la sensación de estar escuchando metal sentados en un teatro.

Me gustó mucho cómo quedó “Reencuentro”, con unos arreglos orquestales preciosos que añadieron riqueza a la música. De hecho, la parte final fue casi un éxtasis musical. Muy bueno.

A partir de “Blancanieve” la gente se fue animando un poco más, empezaron a aplaudir, algunos ya se levantaron directamente. Los arreglos en este caso estaban muy bien medidos, se nota que se pensaron para no saturar, solo para aportar en momentos puntuales. Y, como es lógico, las partes instrumentales son las que más crecen en este aspecto. Todos los arreglos, por cierto, son obra de Javier Blanco.  

Justo antes de “Eternidad”, Carlos pidió directamente que nos levantáramos todos. La cama de arreglos de cuerda para los primeros versos queda genial. Toda la gente la cantó y, sin duda, fue el primer “bombazo” de la noche, quizá una de las más esperadas por el público.

Al acabar, Carlos se emocionó y dijo “ver a un público tan fiel que compra las entradas sin haber escuchado nada de esto es muy satisfactorio, y nos demuestra que tan mal no lo hemos hecho”.

La siguiente en caer fue “Lejos”, que dedicaron al tristemente fallecido Alberto Madrid, que, según Escobedo, “es también parte de esta Sinfonía del Paradysso”. Bonito detalle y un final muy intenso en el que la orquesta se lució.

Y llegó el momento mechero, o más bien, smartphone. La balada “Náufrago” sonó emotiva, con un piano inicial precioso, y unos arreglos de cuerda y viento brutales. Sin duda, una de las canciones que mejor aprovechó la orquesta que, por cierto, se lo estaba pasando muy bien a juzgar por sus sonrisas y expresiones.

En “Cápsula” la orquesta se sumó al riff inicial y, en general, aporta una nueva dimensión a la música de SÔBER. No olvidemos tampoco que en cada canción se proyectaban imágenes acordes a la letra y temática, así que fue un espectáculo hecho para disfrutar.

El público no se olvidó de que el cumpleaños de Carlos Escobedo fue justo el día anterior, así que el bajista y cantante acabó sonrojado ante casi 2.000 personas cantándole el “Cumpleaños Feliz”.  

Como dejé caer hace unas líneas, “El viaje” fue, para mí, un poco bajón, que se notó mucho en la recepción del público. Al contrario que en la siguiente, “Hemoglobina”, que creo que hizo patente lo que comento. Por cierto, los arreglos de este corte sonaron totalmente a STRAVAGANZZA, muy grandilocuentes, con toques exóticos y orientales que le sentaron muy bien.

En “El hombre de hielo” todo el auditorio acabó levantado y cantando uno de los hits particulares de SÔBER. Los arreglos de la orquesta encajaron genial y creo que esta canción fue uno de los grandes aciertos del set.

Y después de ese subidón, “Vacío”, aunque con ese estribillo que en directo gana fuerza, fue otro pequeño valle en la intensidad del concierto, que acabó retomando el ritmo con “Paradysso”, probablemente LA canción que muchos estaban esperando. Sonó espectacular, con unos arreglos de banda sonora muy bien medidos que reforzaron ese tono oscuro y decadente del tema.

Llegó el momento para el primer bis de la noche. La orquesta y la banda salieron para tomarse un respiro, y unos minutos después salió Carlos Escobedo sin su bajo y con micro en mano. Cantó entre el público del patio de butacas “Estrella polar”, una balada que fue bastante bien recibida y que sirvió para acercar a la banda con la gente. Bonito gesto aquí de Carlos.

La más sencilla y rockera “No perdones” dio paso a “Arrepentido”, otra de las esperadas, que gana profundidad y texturas con la orquesta.

De nuevo la orquesta salió del escenario y los músicos dejaron solo a Carlos, que aprovechó para dar las gracias a todas las personas implicadas en este proyecto y también para presentar a sus compañeros.

Y, ahora sí, encararon la recta final del concierto con “Superbia”, que con esos coros pregrabados sonó gótica, oscura y cañera, “Mis cenizas”, muy cantada” y “Diez años”, el fin de fiesta perfecto con ese estribillo que llegó a sonar hasta en las radios. Eso sí, hay quien echó de menos “Loco” en el set, que no acabó sonando.

En definitiva, fue un concierto muy especial que, independientemente de si eres fan de SÔBER o no, une lo mejor de los mundos del rock y la música clásica. La mezcla es musicalmente rica y si además tiene una producción como la que vimos, el espectáculo está garantizado. Gran noche para SÔBER, pero también para el rock español, que de vez en cuando puede permitirse estos lujos. Ojalá hubiera más oportunidades así.

Setlist de SÔBER en Madrid:

  1. Una Vida Por Exprimir
  2. Animal
  3. Reencuentro
  4. Blancanieve
  5. Eternidad
  6. Lejos
  7. Náufrago
  8. Cápsula
  9. El Viaje
  10. Hemoglobina
  11. El Hombre De Hielo
  12. Vacío
  13. Paradysso

Bises

  1. Estrella Polar
  2. No Perdones
  3. Arrepentido

Bises 2

  1. Superbia
  2. Mis Cenizas
  3. Diez Años

Texto: César Muela – Twitter

Fotos: Lorena Mora

Para ver las fotos a mayor tamaño, pinchar sobre ellas.

 

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